Como ejemplos de las expresiones constreñidas, aparecen nombradas la ofensa, los celos y la envidia: sentimientos todos ellos que ya vivimos anteriormente ocultos tras el fenómeno del ressentiment. Pero, como bien sugiere Logstrup, en cada caso, el rasgo más llamativo de la conducta es el autoengaño destinado a disfrazar los auténticos muelles propulsores de la acción. Por ejemplo, el individuo tiene una opinión demasiado elevada de sí mismo como para tolerar la idea de haber actuado indebidamente y, por eso, se hace necesario imputar una ofensa a algún otro para alejar la atención de su propio error. Nos produce satisfacción ser la parte agraviada, señala Logstrup, y por eso debemos inventar agravios que alimenten ese capricho. La naturaleza autónoma de la acción queda así oculta: es la otra parte, acusada de la mala conducta original(del delito que lo empezó todo), la que aparece retratada como verdadero actor del drama. El yo permanece así por completo en el lado de las víctimas: el yo es un sufridor de la acción del otro en vez del agente consumado que es.
En cuanto se adopta y se asume esta visión, parece que adquiere la capacidad de impulsarse y reforzarse a sí misma. Para retener la credibilidad, la atrocidad imputada al otro bando debe ser cada vez más impresionante y, por encima de todo, cada vez menos remediable o redimible, mientras que los sufrimientos resultantes de ésta deben ser declarados cada vez más abominables y dolorosos, para que la autoproclamación de víctima pueda justificar la adopción de medidas cada vez más duras y estrictas como
Vencer los constreñimientos o las restricciones autoimpuestas desenmascarando y desacreditando el autoengaño sobre el que aquellas descansan se nos presenta, pues, como condición preliminar indispensable para dar rienda suelta a la expresión soberana de la vida: la expresión que se hace manifiesta, en primer y principal lugar, la confianza, la compasión y la misericordia.
Comentario:
Este comportamiento descrito anteriormente es un cáncer en nuestra sociedad. Lo vivimos día a día, lo solapamos, lo ignoramos porque es más manejable y cómodo ignorarlo que enfrentarlo. El enfrentarlo significaría para muchos salirse del esquema de "agradibilidad social", afrontarlo sería correr el riesgo de ser rechazados y etiquetados, tal vez de conflictivos, tal ves de exagerados.
Este ressentiment es un fenómeno de comportamiento fácilmente distinguible en el hacer políticos, diría que los actores de este lo han perfeccionado tanto que lo han convertido en parte de su estrategia política.
Este ressentiment lo vemos en agrupaciones de cualquier tipo en donde el denominador es un ego hiperdesarrollado que impide que los mejores sentimientos y cualidades del ser humano afloren, para que este pueda perfilarse a lo positivo, a lo engrandecedor.
Reflexionemos y estemos atentos que este conjunto de emociones y sentimientos negativos no se apoderen de nosotros y nos convierta en nada o en monstruos
Saludos,
Silvia de Janón G.
1 comentario:
Excelente el comentario.
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