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miércoles, 10 de noviembre de 2010

La vida acelerada o los desafíos de la educación ante la modernidad liquida

Este capítulo hace hincapié en la idea de que el consumo requiere estar en movimiento perpetuo. El consumo, como actividad autotélica, con valor en sí misma, pone el acento en la continua creación y destrucción de valor. Y esto nos da la medida de una sociedad como ensayo cotidiano de fugacidad universal.
No hay nada que parezca inmutable ni que, por tanto, no pueda ser reemplazado con facilidad. Todo es desechable y superfluo. No hay reglas fiables ni directrices aquilatadas en un mundo en constante mutación.
Lo que hoy sirve, mañana puede ser inaceptable. Hoy se pueden desdeñar las lecciones y las habilidades pasadas sin ninguna inhibición ni remordimiento. La cultura de la modernidad liquida ha dejado de dar la sensación de ser una cultura de aprendizaje y acumulación. Hoy parece y se siente, más bien, como una cultura de desconexión, discontinuidad y olvido. Pero precisamente por eso, insiste Bauman en medio de este mercado de consumo y la “cultura de casino” de la modernidad, de una buena base en la educación y un aprendizaje continuo.
Ello es un escenario en el que se conjugan intereses y derechos tantos privados como públicos, fortaleciéndose la figura del ciudadano frente al mero consumidor.